MIS MADRILES

¿DONDE FUE A PARAR MI ESPAÑA DE LOS SERENOS, NO-DOS Y TIENDA DE ULTRAMARINOS?

No, el Madrid que añoro, como veréis, no es el de las zarzuelas como “Agua, azucarillos y aguardiente”, ni de las noches galdosianas, ni de los pensamientos barojianos. De aquella época ya no existen testigos presenciales. Tampoco me atrevería a describir el Madrid anárquico de hoy en día, con el edificio Windsor en llamas (ocurrió precisamente la noche anterior a mi viaje), los viajes en los trenes Ave y la estación de Atocha convertida en un gigantesco invernadero. Como el titulo me delata, mi morriña se dirige hacia un Madrid más sutil, afable, con reminiscencias de pueblo, el “Pueblo de Madrid”.

¡Ay Madrid!, qué sería de ella sin sus excitantes e interminables noches. Noches de ronda, noches de tertulias y copas, cenas con la tuna, “eternos trovadores y estudiantes de las noches madrileñas”, discotecas, unas vueltas por la plaza Mayor para hacer tiempo hasta que el Café San Ginés abriese sus puertas para un reconfortante “chocolate con churros”, codo a codo con los camioneros que se preparaban para salir a la carretera. Bueno, en algún momento había que volver a casa y dormir, y si es posible antes de que los serenos se retirasen. Si, los serenos, eternos vigilantes de las noches madrileñas y de sus protagonistas. Para adentrar un poco en la historia, el extinto “Cuerpo de Serenos” fue creado por el Ayuntamiento de Madrid en 1797, aunque ya existía en la época del reinado de Carlos III en 1765. En un principio funcionó para exceder el alumbrado público; y más adelante, a mediados del siglo X1X, se convirtió en sereno y farolero. Era imprescindible tener una buena voz para dar la hora y el parte meteorológico cada quince minutos. Se les exigía, a parte de una buena conducta, una dedicación completa, es decir ocupación única con el fin de que “no menoscabe la facultad plena que deben tener para realizar su trabajo por la noche”. Así el cometido fundamental del cuerpo de serenos se convirtió en el de vigilar la noche madrileña; ayudando, en caso necesario, a la justicia, actuando como asistente médico, alertando a los bomberos, juez de paz en desavenencias, y ante todo confidente de los amantes de la noche. La imagen del sereno es la de una sombra generosa que golpea el
Chuzo contra el empedrado de las calles con aparatoso tintineo de las llaves. Con el tiempo el chuzo se sustituyó por la lanza de tres varas .* De aquí nos quedó la expresión de “llover a chuzos” (llover con mucha fuerza). Otro instrumento “el pito del sereno” se cambió por un silbato de bronce con las armas de Madrid inscritas; pero la frase quedó, la de “tomar a alguien por el pito de un sereno” (no hacer ni caso). Los serenos se ceñían a zonas asignadas al gusto de los vecinos. Acudían a la llamada de ¡Sereenoo! y palmadas que resonaban en el silencio de la noche; y solía contestar ¡Vaaa! Seguido de un tintineo de llaves y chuzatón contra el pavimento. Éstos guardianes de la noche no gozaban de beneficios sociales ni contratos de trabajo, se sustentaban gracias a la voluntad o propina de los vecinos. Entre los años 1976 y 1986 este cuerpo sufrió varias reformas, las cuales les llevó a su extinción. Se me pasaba, lo de “morriña” que quiere decir nostalgia o melancolía en gallego, viene a cuento pues la gras mayoría de los serenos procedía de Galicia o Asturias. Que ¿dónde fueron a parar éstos “guardianes de la noche”? Bueno, una de las razones por la que no retornaron hace casi dos décadas es porque ya no pueden dar con el chuzo en las calles de Madrid, por lo menos en cuerpo presente, por razones obvias de edad, se han extinguido. Hoy en día tenemos guardianes más jóvenes, atléticos y guapos, como los “Kent” de los Barbies o los “Gladiadores”, pero sin el calor humano que nos brindaba la respuesta de ¡Vaaa! Hablando de frialdad estamos bajo la vigilancia de porteros automáticos, cámaras y censores, todo en nombre de la modernidad. Qué razón tenía George Orwell, no por lo de Vuelta a Cataluña, sino por lo de 1986.

Los viernes, después de la jornada de trabajo o estudio solíamos ir al cine, evidentemente quedábamos en alguna barra de una cafetería o taberna, para luego entrar todos en buena compañía. Es de recalcar que el cine era un pretexto más, un preludio para una larga noche de fin de semana. Bueno, al grano; en aquella época todos los cines, que por cierto estaban mayormente en la Grán Vía y zona de Bilbao, empezaban su cesión con el “NO-DO”, Noticiero Documental, para mantenernos informados, supongo. Aquí un inciso. Durante el franquismo y la transición (1942-1981) en todos los cines de España se proyectaba obligatoriamente un espacio propagandístico del régimen, el NO-DO. Muchas veces contábamos con esos minutos extra para apurar la consumición; otras veces, los deportistas de “sillón bol”, tenían interés en ver unos comentarios y escenas más políticas de la época, es decir, el fútbol. Que ¿qué queda de aquello? Pues como vivimos en la edad supersónica,
Como preludio de una película se presentan los estrenos de las semanas venideras y algunos anuncios exuberantes que aun ahora son muy descarados para la televisión y el la época de los NODOs había que viajar a Portugal para ponerse a “nivel europeo”. En cuanto a la información “periodística” a los transeúntes se nos invade con periódicos gratuitos (para los lectores si no caemos en la tentación de sus ofertas con precios que siempre empiezan por “sólo…”. Éstos tienen nombres como Ahora, Qué, 20 Minutos, y cómo no, Metro. No menos sugerentes son los nombres de los diarios actuales, a parte del ABC con sus diferentes ediciones locales que ha sobrevivido más de un siglo y haber enterrado al ilustre Torcuato Lucha de Tena; y el Diario Ya de la Acción Católica que la joven democracia le dio los días contados; tenemos el Diario País, La Razón, El Mundo, Cinco Días, entre tantos otros. Por cierto, los diarios ya no cuesta siete peseta; en aquellos días, como referencia y para ser algo periodístico, diríamos que sobre las fechas que hicieron volar al General Franquista Carero Blanco por encima de las tapias de los Jesuitas en la calle Ayala, tanto el diario como una consumición de caña de cerveza, copa de vino o café costaba unas siete pesetas. Ahora el diario, a duras penas un Euro cuando no lleva suplemento.

Entre los moradores de la Villa y Corte de Madrid, los gatos y las gatas eran la minoría en mis días añorados; proviniendo, la gran mayoría de su población de diferentes puntos cardinales de la península, más una pequeña comunidad de inmigrantes proveniente de las antiguas colonias supongo que por la afinidad sociolingüística, sí lo de “la madre patria”. Había también, en un grupo más reducido, gentes de otras nacionalidades por motivos de trabajo o por el simple hecho de vivir a tiro de piedra de los Grecos, Murillos, Boyas, Velásquez, Fallas, Albéniz; entre tantas maravillas hispanas. Mientras que las otras capitales europeas como París, Londres, Copenhague, se repoblaron masivamente de ciudadanos de ultramar, Madrid mantuvo su carácter ibérico. Sí, de eso quería hablar, de la tienda de ultramarinos. De acuerdo al diccionario Larousse se trata de “tienda en donde se venden comestibles traídos de la otra parte del mar y especialmente de América y Asia”. Cuando llegué a conocerlas, se les llamaban mantequerías y vendían mayormente productos nacionales. Por añoranza me permito nombrar algunos: sobaos pasiegos y quesadas de Santander, ensaimadas y sobrasadas de Mallorca, mantecados de Astorga, yemas de Santa Teresa y judías de Ávila, fabes y quesos de Cabrales de Asturias, mazapanes y marquesitas de Toledo, morcillas y quesos frescos de Burgos, cuajadas y quesos de Idiazábal de Vizcaya;
todo sin denominación de origen, la garantía de calidad lo daban los dueños. Por supuesto nada de estériles envasados al vacío; supongo que ante la duda de los clientes remilgados se les convencía con frases como: “lo que no mata engorda” o “de lo que se come se cría”. En mi añorada época, los comercios estaban entrando en su fase de primera reconversión. Me viene a la memoria Mantequerías Leonesas, que en nombre de la modernidad se había convertido en un supermercado; Mantequerías Olmedo con su cafetería y tienda del gourmet; y muchos otros que se rebautizaron como “delicatessen”. En el Madrid de hoy con más prisas y todos motorizados, la gente joven hace sus compras semanalmente en los grandes almacenes y centros comerciales y llena sus congeladores con productos estériles, plastificados y etiquetados a la perfección. Y entonces ¿Qué pintan las tiendas de ultramarinos y a dónde han ido a parar? La ventaja de las tiendas de ultramarinos es que están localizados, como se podría decir… “a la vuelta de la esquina”, “a tiro de piedra”, muy cerca de donde vivimos. En Lima, donde residí unos cuantos años de mi infancia, las tiendas de ultramarinos estaban regidas mayormente por chinos. Así que uno decía “Voy a comprar al chino de la esquina”, que por cierto siempre estaba abierto y a nuestro servicio. Pues en Madrid está empezando a ocurrir algo similar. De pronto inmigraron por centenares, les vemos apoderándose pacíficamente de barrios enteros; en los mayoristas, en las tiendas de regalos, los populares restaurantes, y cómo no, en las tiendas de ultramarinos. Me contaron que residían chinos en Madrid antes de la Guerra Civil y se dedicaban a la venta ambulante. Se les veía vendiendo “colales de pelas” y “figulas de mafiles” entre otros productos exóticos. Un inciso que no puedo evitar al mencionar la Guerra Civil Española; entre los brigadistas provenientes de América, se encontraban chinos, tal vez parientes o esos mismos que un día cambiaron su lejana Catay por “ras cales más amabes de Madid”. En la calle Leganitos se quedaron algunos rezagados, y cómo no, abrieron restaurantes chinos con precios muy módicos. Dicen las malas lenguas que daban “gato por liebre”; mejor dicho “gato pol poio”. No sé, no creo que existan suficientes gatos en Madrid para todos los comensales que se servían y se sirven en éstos establecimientos. Así que las tiendas de ultramarinos son ahora más de ultramar que nunca; no sólo por los orientales, la mayoría chinos, también se ven comercios coreanos, tailandeses, hindúes, japoneses; mano a mano con las más familiares como latinas, rusas, bálticas, musulmanes, americanas o combinaciones exóticas como “tienda de productos afro latinos”. Gracias a la población de ultramar o del Mare Nostrum, han renacido los locutorios públicos, y el servicio de correos; así que, como la canción dice: “unos que vienen y otros se van…”. Volviendo al tema de los
“gatos” y “gatas”, éstos son los naturales de la Villa y Corte de Madrid, los llamados madrileños nacidos de padres también naturales de Madrid. Ésta es una raza casi a extinguir. Aún más alarmante, dicen las estadísticas que más del 10% de la población de Madrid es ya extranjera, es decir los registrados legalmente, y esto ha ocurrido en los últimos 10 a 15 años.

Sí, lo sé y me disculpo. Éste relato se está haciendo “más largo que un día sin pan”; y eso que se me ha quedado en el tintero tantas curiosidades como los aromas de las tahonas, los sabores de las tienda de variantes, la llamada de los afiladores, los colores de las cacharrerías,….; parte del Madrid nuestro, como sus calles empedradas. Sus calles empedradas, que por mucho que se oculten bajo infinitas capas de asfalto, allí están y estarán por el tiempo de los tiempos como soporte de la Villa y Corte y de su pueblo, que algún día intentará, revalorándolas, devolverlas a la luz, a nuestros pies…

Bueno, amigos lectores, esto ha sido un escueto repaso al Madrid de “antes de ayer”. Tal vez, en la próxima visita a La Villa y Corte de Madrid, con el pueblo de Madrid, vuestra estancias os sepa a más y mejor y tenga mayor significado. Tal vez os entre la tentación, al amparo de una amable noche madrileña, dar unas palmadas y llamar ¡Sereenoo! Quien sabe, a lo mejor alguien os responde ¡Vaaa!.

Michiko Murai
Universidad de Gotemburgo
Agosto de 2005

*“Viejos oficios de Madrid” TECLA. Servicio de Publicaciones del Ministerio de Educación
Y Ciencia. Copywrite 2001. Autorizado para la descarga, impresión, edición o reproduc-
ción de su contenido sin limitación.

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